Llegué a Buenos Aires en febrero de 2020, justo cuando el mundo se empezaba a desmoronar. Venía de Valencia con dos maletas, unos ahorros que se evaporaban en pesos, y la ingenua creencia de que sacar el DNI sería algo parecido a hacerlo en España. Cuatro horas después, sentado en Migraciones con un número de turno que parecía de lotería, entendí que aquí las cosas funcionan distinto. Y no peor, pero sí a su manera.
Vivo en Villa Crespo desde entonces, entre la Avenida Corrientes y el subte B. Mi primer choque no fue el mate ni el voseo. Fue intentar alquilar un departamento sin entender qué era una garantía de propietario, intentar comprar un ventilador sin saber que aquí todo es 220V (bendita casualidad, nosotros también), y descubrir que nadie usa bizum porque existe MercadoPago, que es como si PayPal y WhatsApp tuvieran un hijo argentino muy eficiente.
En España teníamos a Renfe, aquí tenéis el subte, que cuesta lo que cuesta un chicle en Madrid y funciona mejor de lo que los porteños admiten. En España comprábamos en Mercadona o Día, aquí descubrirás que Coto, Carrefour y los chinos de barrio son tu nuevo ecosistema. Y el papelero. Dios, el papelero. En España firmabas un contrato con tu NIE y listo. Aquí necesitás el DNI para respirar, el CUIL para laburar, y el CUIT si te animás a facturar. Suena abrumador, pero no lo es. Solo requiere paciencia, un par de turnos online a las tres de la mañana, y saber a qué ventanilla ir.
Estas guías son lo que yo hubiera querido leer antes de pisar Ezeiza. Sin tono de manual del funcionario, sin venderte que todo es fácil, porque no siempre lo es. Pero con datos reales: cuánto cuesta una prepaga, cómo alquilar si no tenés garantía de nadie, por qué tu tarjeta española va a fallar en la SUBE, y por qué necesitás efectivo aunque vivamos en 2024. Si acabáis de llegar, respirad. Si lleváis un año, igual os servirá. Y si todavía estáis en Madrid pensándolo, leed esto antes de comprar el pasaje.